NOVELAS

El Santo Padre




Esos dos días de sometimiento y degradación, sirvieron para informarse más sobre los yakuzas. El juez era parte de la red. Él vendía muchachas jóvenes por entre cinco y diez mil dólares. Las menores eran las más caras, alcanzaban los precios más altos. El Juez ostentaba su impunidad diciéndole que nadie podía hacerle nada: ―Es un negocio, muñeca, yo y la policía somos los principales proveedores de los yakuza... ja ja‖. Anesina trataba de retener información y preguntaba algunos detalles sobre su futuro. ―Depende de vos, muñeca. Esta gente no se anda con cosas livianas. La droga y la prostitución van de la mano, y te recomiendo que colabores y cierres la boca con los clientes, de otra manera, perderás los dedos de la mano. Los Yakuza tienen la organización más grande del mundo en redes de explotación de prostitución, tratantes de blancas y droga. Más de cuarenta mil personas pertenecen a la organización en forma directa, a ello deben sumar-se los funcionarios judiciales, que colaboran en la entrega y facilidades para transporte, y cierta policía que completa la red de impunidad. Tienen sus propios códigos, manejan negocios paralelos en pornografía infantil por internet. Pagan bien, muñeca. No me puedo quejar y sobre todo, son unos caballeros‖, aseguraba el Juez. A los dos días, el Sr. Oriental entró en la casa para llevarse a Anesina. Dos japoneses de rostro inescrutable la tomaron delicadamente de sus brazos; con cinta de embalar ataron sus muñecas y cubrieron su cabeza con un género oscuro, fue llevada hasta el auto del japonés e introducida entre los dos japoneses en el asiento de atrás. Los vidrios polarizados oscurecían aún más el interior del automóvil. Escuchó las últimas palabras del Juez: ―Pórtate bien, muñeca. Seguramente te veré dentro de un tiempo.

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