NOVELAS

El Desprecio


Trabajó horas masticando género, comiendo hilos que con la lengua arrollaba y tomando agua sucia para saciar su sed y para evitar que pasen otros que aún no pudieron escupir en el recipiente. Fue abriendo lentamente un orificio, desarmando el género hasta cavarlo quedando por primera vez el rostro libre; ahora seguiría con las cuerdas de sus muñecas. Cada hilo, cada hebra del género la tomaba delicadamente con sus dientes y tironeaba para quitarle fortaleza a su atadura. Nada de uñas; no las tenía Solo pulpejos hinchados y sangrantes que olvidaban el dolor por la sed de libertad. Trabajaba, dormía, tomaba agua, comía pan. Trabajaba y dormía, hasta que por fin pudo romper el delicado hilo residual. Era libre; sus brazos colgados inmóviles podían ahora ser rotados a voluntad pero con un dolor punzante en hombros y codos. Los brazos se habían transformado en varillas rígidas, e inútiles. Agua, sueño y pan para ejercitarse; para moverse y recuperar sus fuerzas; para explorar las paredes desnudas buscando una abertura secreta. Jadeaba, suspiraba y maldecía pegado a las paredes tanteando sus poros reconociendo ladrillos y cemento en una oscuridad sin capucha aislante, hasta que encontró la manija de una puerta. La tocó. No se atrevió a moverla, temía que fuese una trampa; una nueva prueba de tortura, un paso a la bala traicionera, se estremeció. Fué resbalando, bajando su cuerpo pegado por su espalda a la placa de madera, como si fuese el agua lamiendo una superficie vieja de madera astillada. Estaba aislado del mundo. Pensó una y otra vez tocando la puerta que debería animarse. Con sus manos reconoció también su rostro barbado y el pelo crecido pegoteado y sucio. Se durmió agotado, vencido, hambriento y sediento, pegado a esa puerta que no se atrevía a abrir. Cuantas horas pasaron desde el descubrimiento de esa puerta? No lo sabía; pero estaba decidido abrirla. Si estaba con llave o cerrojo sería el final de su vida, condenado a morir en un anonimato oscuro de hambre y sed y en una agonía sin fin; sin límites, sin testigos. Se levantó pegando su cuerpo a la puerta y con la mano derecha tomó el picaporte suavemente como esperando recibir una órden pensó. Giró la manija. Cedió, abriendo su hoja finalmente a la vida. Le impresionó la pureza del aire. El hedor acostumbrado y la oscuridad se debilitaban. Se dibujaban sombras y a dos metros de él otra puerta que dejaba ver en su base, la luz blanca y pura del día que se le había vuelto desconocida. Entró en ese nuevo recinto cerrado y se dirigió tembloroso y sudando hacia la luz. Palpó otra madera más lisa; más regular, hasta encontrar una manija circular que tomó con su mano izquierda y la hizo girar. La puerta se abrió dejando entrar una luz intensa, hiriente, que lo obligó a cerrar sus párpados y tapar su rostro.

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